Vargas Llosa sobre Solzhenitsyn

TRIBUNA: MARIO VARGAS LLOSA

El hombre que nos describió el infierno

'ArchipiélagoGulag', la obra del fallecido Alexandr Solzhenitsin, es unademostración de que, aun en medio de la barbarie, lo más noble del serhumano puede sobrevivir, defenderse y protestar

MARIO VARGAS LLOSA 10/08/2008 

Comoen la última etapa de su vida se dedicó a lanzar fulminaciones bíblicascontra la decadencia de Occidente y a defender un nacionalismo rusosustentado en la tradición y el cristianismo ortodoxo, se había vueltouna figura incómoda, hasta antipática, y ya casi no se hablaba de él.Ahora que, a sus 89 años, un ataque cardíaco acabó con su vida, sepuede formular un juicio más sereno sobre este intelectual y profetamoderno, acaso el escritor que más tumultos y controversias hayaprovocado en todo el siglo veinte.

Digamos,ante todo, que su corazón resistiera 89 años las indescriptiblespenalidades que debió afrontar -la guerra mundial contra el fascismo,las torturas y el confinamiento de tantos años en los campos deexterminio soviético, el cáncer, el exilio de otros tantos años en elpáramo siberiano, la persecución y la censura, las campañas de calumniay descrédito, la expulsión deshonrosa y la privación de la ciudadanía,el secuestro de sus manuscritos, etcétera- es un milagro de la voluntadimponiéndose a la carne miserable, una prueba inequívoca de que aquellapotencia del espíritu para sobreponerse a la adversidad no es sólopatrimonio de los héroes epónimos que glorifican las religiones einventan las sagas y los cantares de gesta, pues encarna a veces, desiglo en siglo, en alguna figura tan terrestre y perecedera como elcomún de los mortales.

No fue un gran creador, como lo fueron suscompatriotas Tolstoi y Dostoievski, pero su obra durará tanto o más quela de ellos y que la de cualquier otro escritor de su tiempo como elmás desgarrado e intenso testimonio sobre los desvaríos ideológicos ylos horrores totalitarios del siglo XX, las injusticias y crímenescolectivos de los que fueron víctimas entre 30 y 40 millones depersonas, una cifra tan enorme que vuelve abstracto y casi desvanece ensu gigantismo astral lo que fue el miedo cerval, el dolorinconmensurable, la humillación y los tormentos psicológicos ycorporales que precedieron y acompañaron el exterminio de esa humanidadpor la demencia despótica de Stalin y del sistema que le permitióconvertirse en uno de los más crueles genocidas de toda la historia.

Archipiélago Gulages mucho más que una obra maestra: es una demostración de que, aun enmedio de la barbarie y el salvajismo más irracionales, lo que hay denoble y digno en el ser humano puede sobrevivir, defenderse,testimoniar y protestar. Que siempre es posible resistir al imperio delmal y que si esa llamita de decencia y limpieza moral no se apaga a lalarga termina por prevalecer contra el fanatismo y la locuraautoritaria.

No es un libro fácil de leer, porque es denso,prolijo y repetitivo, y porque desde sus primeras páginas una asfixiase apodera del lector, una terrible desmoralización por la suciedadmoral y la estupidez que anima los crímenes políticos, las torturas,las delaciones, los extremos de ignominia en que verdugos y víctimas seconfunden, el miedo convertido en el aire que se respira, con el quehombres y mujeres se acuestan y se levantan, y los recursos ilimitadosde la imaginación dogmática para multiplicar y refinar la crueldad.Todo aquello viene hasta nosotros a través de la literatura, pero no esliteratura, es vida vivida o mejor dicho padecida año tras año, día adía, en el desamparo y la ignorancia totales, sin la menor esperanza deque algo o alguien venga por fin a poner punto final a semejante agonía.

¿Dedónde sacó fuerzas este hombre del común, oscuro matemático, pararesistir todo aquello y, una vez salido del infierno, volver a él ydedicar el resto de su vida a reconstruirlo, documentarlo y contarlocon minuciosa prolijidad, sin olvidar una sola vileza, maldad, pequeñezo inmundicia, para que el resto del mundo se enterara de lo que esvivir en el horror?

Había en Solzhenitsin algo de esa estofa dela que estuvieron hechos esos profetas del Antiguo Testamento a los quehasta en su físico terminó por parecerse: una convicción granítica quelo defendía contra el sufrimiento, un amor a la verdad y a la libertadque lo hacían invulnerable a toda forma de abdicación o de chantaje.Fue uno de esos seres incorruptibles que nos asustan porque su solaexistencia delata nuestras debilidades. Cuando las circunstancias loobligaron a dejar su amado país -porque lo increíble es que amó siemprea Rusia con la inocencia y la terquedad de un niño, pese a todas laspruebas que su país le infligió- creyó que, en el mundo occidental alque llegaba, iba a ver confirmado todo aquello con lo que, en elaislamiento del gulag y la tundra siberiana, había soñado: unasociedad donde la libertad fuera tan grande como la responsabilidad delos ciudadanos, donde el espíritu prevalecía sobre la materia, lacultura domesticaba los instintos y la religión humanizaba al individuoy fomentaba la solidaridad y la conducta moral.

Como esa visióndel Occidente era tan ingenua como su patriotismo, el espectáculo conel que se encontró le causó una decepción de la que nunca se curó:¿para eso les servía la libertad y la democracia a las privilegiadasgentes del Occidente? ¿Para acumular riquezas y derrocharlas en lafrivolidad, el lujo, el hedonismo y la sensualidad? ¿Para fomentar elcinismo, el egoísmo, el materialismo, para dar la espalda a la moral,al espíritu, para ignorar los peligros que amenazaban esos valorescívicos, políticos y morales que habían traído la prosperidad, lalegalidad y el poderío al Occidente?

Desde entonces comenzó atronar, con acento olímpico, contra la degeneración moral y política delas sociedades occidentales y a encasillarse en esa idea utópica de queRusia era distinta, de que en ella, a pesar del comunismo, y tal vezdebido a esos 80 años de expiación política y social, podía venir, conla caída del régimen soviético, ese ideal que combinara el nacionalismoy la democracia, la vida espiritual y el progreso material, latradición y la modernidad, la cultura y la fe. Lo extraordinario esque, en los años finales de su vida, Solzhenitsin identificarasemejante utopía con el autoritarismo de Vladimir Putin y legitimaracon su enorme prestigio moral al nuevo autócrata de Rusia y callara susdesafueros, sus recortes a la libertad, sus atropellos políticos y susmatonerías internacionales.

Ahora bien, que se equivocara en estono rebaja en modo alguno la extraordinaria hazaña política eintelectual que fue la suya: emerger del infierno concentracionariopara contarlo y denunciarlo, en unos libros cuya fuerza documental ymoral no tienen paralelo en la historia moderna, unos libros sobre losque habrá siempre que volver para recordar que la civilización es unadelgada película que puede quebrarse con facilidad y precipitar denuevo a un país en el infierno del oscurantismo y la crueldad, que lalibertad, una conquista tan preciosa, es una llamita que, si dejamosque se apague, estalla una violencia que supera todas las peorespesadillas que han pintado los grandes visionarios de la maldad humana,los horrores dantescos, las atrocidades del Bosco o de Goya, lasfantasías sadomasoquistas del divino marqués. Archipiélago Gulagmostró que, tratándose de crueldad, el fanatismo político puedeproducir peores monstruosidades que el delirio perverso de los artistas.

Yonunca lo conocí en persona, pero estuve cerca de él, en Cavendish, elpueblecito del estado de Vermont, en Estados Unidos, donde vivió de1976 a 1994, en el exilio. 'Vale la pena que vayas allá sólo para queveas cómo lo cuidan los vecinos', me había dicho mi amigo DanielRondeau, uno de los pocos que consiguió cruzar la casita-fortaleza enque vivía encerrado, escribiendo. Fui, en efecto, y pregunté por él ala primera persona que encontré, una señora que abría a paladas uncaminito entre la nieve. 'No quiero molestar al señor Solzhenitsin', ledije, 'sólo ver su casa de lejos. ¿Me puede indicar dónde está?'. Susindicaciones me llevaron al borde de un abismo. Pregunté a tres ocuatro personas más y todas me engañaron y desviaron de la misma manera.

Porfin, un bodeguero me confesó la verdad: 'Nadie en la vecindad lemostrará la casa del señor Solzhenitsin. Él no quiere que lo molesten ynosotros en el pueblo nos encargamos de que sea así. Lo mejor que puedeusted hacer ahora es irse'. Estoy seguro que todas las banderas de lascasas del bello pueblecito nevado de Cavendish flotan hoy día a mediaasta.

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