Prólogo del Libro por Carlos Alberto Montaner


El hombre que les susurraba a los candidatos

Mario Elgarresta, Presidente del Centro Interamericano de Gerencia Política, es un especialista en ganar elecciones. Uno de los mejores y más sutiles de América Latina. Su curiosa profesión consiste en encontrar, por medios legítimos, la forma de persuadir a los electores para que prefieran los candidatos que él asesora. No sólo se trata de cuestiones de imagen, sino de averiguar cuáles son exactamente las expectativas de la sociedad, de sintonizar el mensaje del candidato con las preferencias y necesidades del elector, de disciplinar al partido que lo postula para que la campaña sea efectiva, de utilizar inteligentemente los siempre escasos recursos, y de movilizar todos esos factores al unísono, como quien dirige una orquesta con cien músicos y treinta instrumentos diferentes en un teatro dotado de pésima acústica en el que acaba de apagarse la luz, porque toda elección inevitablemente siempre tiene algo de caos e imprevisión.

Leyendo el libro de Elgarresta (muy claro y pedagógico), una obra que debería estudiar cualquiera que decida dedicarse a la política (uno descubre por qué el major candidato, si está mal asesorado, pierde las elecciones. En Perú, en 1990, le ocurrió a Mario Vargas Llosa frente a Alberto Fujimori. De los dos el más brillante, el que mejor explicaba su programa de gobierno, era Vargas Llosa. Cuando debatieron ante las cámaras de television, el 80 porciento de los televidentes encontró que el novelista había “ganado” la discusión de forma aplastante. Pero poco después la mayor parte del electorado prefirió al japonés. ¿Qué había pasado? Fujimori, con la ayuda de sus asesores, había conseguido convencer a los electores de que Vargas Llosa representaba la oligarquía y no iba a gobernar en beneficio de las grandes mayorías, algo absolutamente falso, pero muy eficaz para derrotar a su contrincante en las urnas.

Pudiera parecer que hay algo inquietante o cínico en la labor de “vender” a un candidato, a una persona, con técnicas cercanas al mercadeo comercial tradicional utilizadas para convencer a un ama de casa de que utilice este jabón o aquel dentrífico, pero ésa es una servidumbre de la democracia moderna que tiene sus ventajas: las propuestas que debe hacer el presunto gobernante, si está bien dirigido, tienden a ser racionales y lo obliga a formular planes de gobierno sensatos y creíbles. A veces, no siempre, es la campaña que estructura la posterior obra del gobernante. El ejercicio de tener que competir lo fuerza a definir su posterio curso de acción.

De los deportes suele decirse que “lo importante no es ganar, sino competir”. Exactamente lo contrario de lo que sucede en la política, donde lo fundamental es ganar. Algo que Felipe González, el ex presidente del gobierno español, resumía de otra manera un tanto melancólica: “es verdad que el poder desgasta, pero lo que más desgasta es estar en la oposición”. De eso los socialistas españoles algo sabían: Franco los había mantenido fuera de la casa de gobierno durante casi cuatro décadas.

Hace muchos años, cuando España no era democrática y las Cortes se formaban con “estamentos” sociales y no con partidos, un candidato se abrió paso con el más peregrino de los lemas: “vote por mí, ¿a usted que más le da?”. Con la llegada de la democracia, sin embargo, hay que explicarse. En América Latina, donde la democracia también parece haber arraigado de forma permanente, los políticos tienen que explicarse y convencer. Es entonces cuando necesitan el susurro inteligente de Elgarresta.

Carlos Alberto Montaner