Presentación del Libro por Carlos Vera

en el Bankers Club de Guayaquil, en octubre del 2002


Mario Elgarresta no es un consultor político convencional. Nada en Mario es usual. Elgarresta es un señor con principios. Y esos los aplica como profesional. Cree en la democracia. No cree en la izquierda, porque ha sufrido sus excesos y vivido sus errores. Apoya una opción del centro a la derecha porque disfruta sus aciertos y es libre en sus regímenes. Practica la honestidad y se resiste a formular cualquier estrategia sobre la base de mentiras. Es caro porque es bueno y vive de su trabajo y no de la intriga, la lambonería o la corrupción, a la cual son tan propensos quienes llevan a los políticos al poder. Gana con más frecuencia de la que pierde, aunque aprendió más con sus reveses. Es tajante porque sabe. Resulta excluyente porque padeció aquí y en otros países, las consecuencias de permitir que comedidos, familiares, celosos, metiches, mediocres, masters, misters e iluminados metan mano en un asunto que requiere una sola mano: la del estratega de campaña. Es fiel a su cliente pero no más que a sus principios. Es infalible con el amigo, aunque no piense como él, pero nos encontramos en cuestiones indispensables: calidad humana, talento, honradez, capacidad de trabajo, franqueza, coraje, pero sobre todo, lealtad.

Mario no perdona ni pregona la traición. Puede tolerar hasta la estupidez o la confrontación, pero no la traición. Con esa personalidad y ese bagaje de experiencias, Mario Elgarresta ejerce más de 25 años la consultoría política en Latino América, tras haber integrado el equipo de asesores de Ronald Reagan y llevado al sillón presidencial a 2 presidentes en Ecuador, León Febres-Cordero y Sixto Duran-Ballen; 2 en Nicaragua – Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños – uno en Bolivia, Hugo Banzer, 1 en México, Ernesto Zedillo y uno en Perú, Alejandro Toledo.

Las tres campañas socialcristianas que no supieron mantenerlo ni hacerlo respetar como estratega en el Ecuador, perdieron. Esto es un hecho. Y no se trata tampoco de una coincidencia. Cuando se pierde a la única persona capaz de ejercer autoridad en la campaña por sobre el candidato y por encima de sus amigotes o exabruptos, se pierde la campaña.

Esa autoridad no proviene, empero, de su jerarquía, ni del honorario alto, la confianza del Comité Directivo, la amistad con el postulante, el miedo o el carácter. Proviene de la sabiduría. A la vez, esa sabiduría se sustenta en el conocimiento. Y ese conocimiento está nutrido por una sólida formación técnica, incrementada cada año por lecturas frecuentes y campañas intensas. Todo aquello se expresa en forma telegráfica casi, simple pero sobria, en este libro sin pretensiones de tratado ni redacción rocambolesca, porque debe ser como el lenguaje demandado a los comunicadores: sencillo, claro e impactante.

Si lo leyeran y aplicaran asesores y candidatos con propuestas válidas en este país, no estaríamos entre naciones con más corrupción y menos computadoras.

Revisarlo es fácil y rápido. Comprenderlo resulta más complejo. Aplicarlo, acaba generalmente en la gratificación de la victoria. Estas 130 páginas valen una Presidencia. Esta edición vale 30 dólares. Estos consejos valen media vida. Por estas ideas, Mario Elgarresta se ha jugado la vida, aquí mismo en Ecuador, donde le forjaron acusaciones falsas, lo persiguieron y hasta quisieron ponerle orden de arraigo en el 95, o en México, en donde el prejuicio respecto a los consultores políticos lo obligaba a encerrarse en un cuarto desde donde se comunicaba hacia otro con el candidato que nunca vio ni veía.

Por esas ideas, más de una vez, de hecho 3 veces en el Ecuador, 92-96-2002, Mario Elgarresta renunció sin piola a una campaña cuando el candidato permitió que otros decidan por él y que cuatro iluminados hagan campaña con el hígado subido al cerebro para regir el cuerpo. Ahora sufren las consecuencias de permitir que el #3 no sepa ser el #1 o de permitir al #1 controlar el mensaje, el “masaje” y los mensajeros porque pone los votos y reúne los fondos. Ya ven que puso los vetos tambien, y los fondos, ni abundaron ni fueron invertidos oportunamente.

Mario lo vio venir. Lo advirtió. Lo resintió. Lo rechazó. Y cuando no tuvo otra forma de protestar, los dejó.

Allí ven otra razón por la cual me identifico tanto con él. Tenemos algunos patrones comunes: ambos nos hemos casado 3 veces; los dos no resistimos a los misóginos; ejercemos una conducción sin claudicaciones. Y respetamos nuestras divergencias, aunque admito que cada vez más veo a Fidel como él y no como Eduardo Galeano.

Es que con Mario se aprende. Trabajar 3 meses junto a él resulta como un postgrado en Georgetown University. Eso nunca lo podrán entender quienes valoran sus servicios en horas/asiento y no en momentos de lucidez. Luego de absorber como esponja, Elgarresta devuelve como tifón, y si no se capta ese primer caudal desbordante, se pierde la matriz de su inspiración y el impetus de su estallido.

Pero tiene paciencia, aunque no mucha. Sabe escuchar, aunque lo irritan los pendejos, como a Facundo Cabral; piensa que no se puede ganar contra ellos: son muchos… Especialmente en el mal llamado círculo íntimo de un candidato, quienes gracias a su ineptitud acaban por convertirlo en un íntimo candidote.

El trabajo certero y apasionado de Mario le ha ganado enemigos y detractores. Es inevitable hacer mella en los hombres que dejan huella… pero tambien eso le ha merecido el Premio de las Américas en 1999, y lo han llevado hasta la cúspide del Centro Interamericano de Gerencia Política, con base en Miami.

Pero a él, a mí y a nosotros, nos falta todavía librar la gran campaña en el Ecuador. Aquella que no se debió perder el 96 y ahora comprendo que tampoco se pudo aceptar en 1998 y el 2002, porque uno no puede tener su suerte librada a la de terceros, sino a uno mismo. Ya basta con los propios errores que inevitablemente cometemos como para cargar con otros. Porque una campaña es la suma de la mayor cantidad de aciertos vs la menor cantidad de errores. Jamás resulta una sinfonía perfecta. Debe ser, eso así, un concierto completo.

Mientras tanto, tenemos que librar la gran batalla por el Ecuador, hoy puesto a escoger entre un coronel y un emperador, uno de los cuales quiso tener a Elgarresta en su equipo mientras otro averiguó si por lo menos podría conservar con él. Pero a Mario no le seduce tanto el dinero o el poder, como el saber, y él sabe que a su juicio no van ha hacer lo debido por el Ecuador.

Mientras aprendemos nuestras lecciones y no dejamos que otros experimenten con el Ecuador, Mario continua su asesoría con el Alcalde de Guayaquil, algunos de cuyos programas inspirá, varios de los cuales rescató, llegando incluso hasta aportar en le definición del concepto que es algo más -que un slogan- bajo el cual continua la transformación de Guayaquil: Más Ciudad.

Mario es quien ve el bosque y no solo los árboles, no exclusivamente por seguirnos desde Miami sino por tener la perspectiva de conjunto, alejado de los cabildeos del día a día y las presiones de lo urgente, para no perder de vista lo importante.

Todas esas normas las ha resumido en 26 máximas que condensan las tesis de su libro y constituyen guía básica para no naufragar en la tormenta de una campaña. Si fuera en orden de importancia, yo empezaría por la del final: los peores gerentes de campaña son los candidatos.

Así concluye la edición actualizada de Ganar Elecciones, un tratado eficaz para alcanzar la victoria en tiempo de elecciones, si se tiene, como él exige, una mesa de tres patas: estructura, candidato y campaña.

Pero además, si se procede con ética, pues ofrecer lo que no se puede cumplir, se convierte en derrota a largo plazo, algo tan imperdonable como no emocionar con lo que nos puede salvar, es decir, no conjugar el tener la razón o tener una razón, o lo que es más, tener la solución, con la emoción de comunicarla bien hasta concretarla en adhesión y voto.

Por eso más de una vez, Elgarresta dejó de asesorar a los gobiernos que ayudó a ganar, Elgarresta dejó de asesorar a los gobiernos que ayudá a ganar, porque sentados en el sillón presidencial se sentaron tambien en las normas de campaña, olvidando que un gobierno es una campaña de 4 años y que un estrega victorioso es un faro que no se puede apagar.

Que el faro de Mario siga irradiando luz a toda América Latina así como hoy el faro de Santa Ana lo hace simbólicamente a todo el país, con la esperanza y la convicción de aumentar la intensidad de la luz más allá de Guayaquil, y con la obligación tambien de impedir que el Ecuador tenga que colapsar, como Guayaquil hace 10 años, para proscribir el azote de la demagogia y atraco.

Es que desgraciadamente, y afortunadamente para otras cosas, el Ecuador no es como Guayaquil, pero desde Guayaquil si podemos abrir camino al Ecuador.

Carlos Vera
Octubre 2002
Guayaquil